conocido enfermedad alguna, excepto que de vez en cuando, en la temporada primaveral, cuando la savia empieza a correr, Alá me visita con escalofríos y calentura.—No; solo hago una comida al día.—Sí; soy feliz, alabado sea Alá, bastante feliz, muy feliz».
Y levanta los ojos al cielo, suspira y se frota las manos con gozosa satisfacción. A nosotros, este Servidor del Cristo no nos pareció haber pasado el climaterio. Pero en verdad, como él mismo confesaba, estaba entrando en el quinto lustro después de este.
Tales son las ventajas de la vida ascética, y de tales ascetas es el Reino de los Cielos. Un hombre de sesenta años puede llevar veinte años en el bolsillo, y parecer todo honestidad, y juventud, y salud, y felicidad.
Aventuramos entonces una pregunta sobre el sayal, del cual se vio un rastro bajo la manga de su túnica. Y lanzando un hondo suspiro, contempla en silencio las albahacas marchitas.
No, le desagrada hablar de estas mortificaciones de la carne. Tras un momento de meditación, sin embargo, nos dice que el cilicio del primer mes es molesto, torturante.
“Pero la carne —continúa ingenuamente— está acostumbrada a ello, tal como la estaca, con el tiempo, se rompe y se ablanda”.
Y con una mirada honesta en los ojos, sonrió y suspiró su seguridad. Pues Su Reverencia siempre puntúa su discurso con estos dulces suspiros de alegría.
El monje servidor se acerca ahora a susurrarle una palabra al oído, y se nos pide que «olfateemos el aire» un rato en el viñedo.
Este hermoso rincón de tierra en terraza lo labra y cultiva el ermitaño a solas.