“My Name Is Billy Muggins”, “I Wish I Had a Pal Like You”, “Tickle Me, Timothy” y horrores del ragtime por el estilo llegan desde Estados Unidos para profanar la ancestral grandeza y belleza de las colinas del Líbano.
Eso era lo que preocupaba a Khalid. Y se disculpa, diciendo: «Estoy muy lejos del bregar del día».
Se detiene, por tanto, el instrumento de tormento, y se le conduce a una habitación donde le han extendido un colchón en el suelo.
«Por la mañana», continúa, «mi anfitrión me acompaña por el poblado pueblo, que destaca por sus industrias. De todos los pueblos del Líbano, este es, en verdad, el más activo; sus telares, sus alfarerías y sus fundiciones de campanas nunca se detienen».
Y el pueblo cultiva poco al gusano de seda; son en su mayoría artesanos. El algodón americano lo hilan, tiñen y tejen para convertirlo en tela resistente; el hierro belga lo funden y moldean para hacer campanas; y de su suelo natal extraen la arcilla que modelan para convertir en loza.
Los tintineos del telar se oyen en otras partes del Líbano; pero en ningún otro sitio puede el vinatero comprar una tinaja para su vid, ni el ama de casa, una ollita para su aceite, ni el cura, una campana para su iglesia. El sonido de los yunques de estas fundiciones, traducido en una música silvestre, estremecedora y de largo alcance, se deja oír en cada campanario y espadaña de Siria.
“Descendemos a las alfarerías de abajo, no por la carretera de carruajes que serpentea a través del pueblo y que es su única calle, sino en empinada caída por un sendero escarpado, entre el ruido del telar y la rueda de hilar y el hedor de las tenerías.
Y aquí está el alfarero de verdad y su arcilla, no su símbolo. Y aquí está la alfarería ilustrada en la Biblia. Pues en el mundo actual, si exceptuamos