La Kaaba de la Soledad
Decepcionado, angustiado, enfermo —vencido por los jesuitas, excomulgado, contrariado en el amor—, pero con un eterno destello de sol en el pecho para abrir e iluminar nuevos caminos ante él, Khalid, tras el fatídico episodio, huye de Baalbek.
De pronto desaparece. Pero dónde apoya su báculo, dónde pasa sus meses de soledad, ni Shakib ni nuestro viejo amigo el arenomante saben decirlo. En algún lugar sigue estando, en efecto; pues aunque cayó desmayado al ver a Najma en su palafrén enjaezado y a la condecorada Excelencia acercándose junto a ella, fue revivido poco después y persuadido de regresar a casa. Pero a la mañana siguiente, nos cuenta nuestro Escriba, al acercarse al puesto, no halla allí a Khalid, ni ninguna de sus pocas pertenencias mundanas.
Nosotros, sin embargo, hemos elaborado nuestra propia teoría, basada en ciertos escritos suyos en el manuscrito K.L., acerca de su misteriosa levitación; y creemos que ahora se encuentra en alguna parte tallando flechas para un combate venidero. En los montes del Líbano quizás. Pero no debemos perseguirle como los jesuitas. Más bien reverenciemos la intimidad del hombre, lo sagrado de su retiro religioso. Pues no importa dónde esté en carne mortal, estamos metafísicamente seguros de su existencia.
Y en vez de llenar este Capítulo con las amargas riñas de la vida y la maldad y maquinación de los poderosos, consagrémoslo a la paz divina y a la belleza de la Naturaleza. De varios Capítulos del Libro de Khalid sobre este tema, elegimos el titulado Mis terrazas nativas, o *Primavera en