Así fue como abordó su tema. Y por eso él y Shakib empiezan a reñir. ¡Qué idea! Que un novato presuma de buscarle defectos. Para Shakib, que es de una minuciosidad extrema con los textos, esto resulta intolerable. Y ese estado de unidad entre ambos quedará sujeto en lo sucesivo a «la acción corrosiva de varios agentes hostiles». Pues Jalid, que jamás ha sido cohibido, se retuerce inquieto ante el bocado que su amigo, por su propio bien, querría ponerle en la boca.
Le sigue la ruptura. Los dos avanzan un tiempo en direcciones opuestas. Shakib, que aún atesora y cultiva su cuenta bancaria, se echa a la espalda su caja de buhonero y camina al trote con su demonio inspirador, bajo cuyos auspicios, nos dice, sigue escribiendo versos y embaucando con sus baratijas a las piadosas damas de los suburbios.
Y Jalid se sienta sobre su caja de buhonero durante horas reflexionando sobre la necesidad de deshacerse de ella de algún modo. Pues ahora apenas hace más de unos pocos viajes de buhonería al mes, y cuando regresa, no va al banco para aumentar su saldo, sino para retirar de él. Por eso las cuentas de los dos sirios no corren la misma suerte; la de Shakib va ganando peso, la de Jalid se va consumiendo.
Sí, hace mucho que el espíritu enérgico ha muerto en Khalid. Está volviendo gradualmente al instinto oriental. Y cuando no está holgazaneando en Battery Park, tallando su nombre en el banco, anda escarbando en los estantes de alguna librería de viejo o soñando despierto en la cúpula de algún rascacielos de Broadway. ¿No parece esto inevitable, sin embargo, considerando la carga palingenésica que lleva dentro? ¿Y no es la holgazanería un preludio necesario para el parto? Khalid, por supuesto, sintió la necesidad de esto, sin saber el porqué ni el cómo. Y del vasto mundo de almas encuadernadas en papel —pues al principio solo le gustaban los panfletos: «no echan mucho humo en el fuego», solía decir—, de ese vasto mundo podía comandar a los más grandes entre los grandes para que lo ayudaran a sobrellevar el tiempo de