“Para mí —escribe Khalid en el MS. de K.L.—, hay siempre algo patético en un libro de segunda mano que se ofrece de nuevo a la venta. ¿Por qué se desprendió de él su primer dueño? ¿Fue por desagrado, hastio o penuria? ¿Lo tiró, lo regaló o lo vendió? ¡Ay, y es así como se trata a un amigo? ¿No hubiera sido mejor quemarlo que venderlo o arrojarlo? Tras salir de la imprenta, ¿cuántos han manejado este volumen ajado? ¿A cuántos ha entretenido, ilustrado o pervertido? Mirad sus páginas, que atestiguan las penalidades del viaje que ha emprendido. Aquí hay todavía una flor prensada, más convincente en su elocuencia velada que la filosofía de las páginas en las que yace sepultada. En la portadilla están los nombres de tres sucesivos propietarios, y en el margen hay anotaciones a lápiz en las que el lector critica al autor. Sus espíritus yacen ahora velados juntos y sepultados en esta pila, donde el moho nunca cesa y las polillas nunca mueren. Ellos también han caído presa de los gusanos de la tierra. Una librería de segunda mano siempre me recuerda a una necrópolis. Es una especie de Serapeo donde yacen enterrados los reyes y príncipes junto con los ilotas y subordinados de la literatura. Sí, cada libro es una cámara mortuoria que contiene los restos de algún pobre infeliz de las letras, o de algún genio poderoso. … Un libro es un amigo, hermanos míos, y cuando deja de entretener, instruir o inspirar, está muerto. ¿Y venderíais a un amigo muerto, lo arrojaríais? Si no podéis mantenerlo embalsamado en vuestra estantería, ¿no es la parte más sabia, y la más piadosa, incinerarlo?”
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VI. La tarde de verano de una farsa
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