el whisky es mejor que el arak. Y ambos nos tomábamos un trago de vez en cuanto. Así que pensé que la botella estaba en orden. Pero por qué metió su libreta de ahorros, que ya no valía un bledo, en ese cajón inferior, no logré adivinarlo. Con estos preparativos, sin embargo, nos cargamos las cajas al hombro, y en una hora estuvimos en los suburbios. Seguimos a pie entonces, hasta llegar a una hilera de casitas no lejos de la estación de ferrocarril. —¿Quieres llamar a una de estas puertas? —le pregunté. Y él: —No tengo ganas de regatear ni discutir esta mañana. —¿Para qué saliste entonces? —le insistí. Y él, con aire de despreocupación: —Solo para dar un paseo. Y así, seguimos nuestro camino por el Bronx, hasta llegar a uno de nuestros lugares favoritos, donde un sicomoro parecía invitarnos a su amplia sombra.
—Aquí, Khalid, con la mente en otra parte, dejó su caja y se sentó sobre ella, y yo estiré las extremidades sobre la hierba. Pero de repente, se levantó de un salto, abrió el cajón inferior de su maletín y sacó de él la botella.