las tinajas sin esmaltar de los indios pueblo, nada, al menos sobre la tierra, puede ser más antiguo y primitivo.
Tal cántaro, medito, llevó Rebeca al pozo; con semejante tinaja sobre el hombro deambuló Agar por el desierto; y en recipientes así multiplicó la viuda, por el milagro de Elías, su jarra de aceite.
“La única fábrica de hilado de seda del pueblo, no me importó visitarla; pues la verdad es que no soporto el olor a larvas asfixiadas y capullos hirviendo.
—Pero el propietario —dijo mi huésped— es muy honorable y de gran ingenio.
Tan honorable como puede ser un suéter, pensé. No, no; estos fabricantes son todos cortados por el mismo patrón. Conozco personalmente a uno de ellos, que es un tacaño, y de los más viles. Lo observé un día comprando capullos a los campesinos. No confía en ninguno de sus empleados en las básculas; ellos no saben cómo presionar con la mano sobre las pesas del platillo.
Ay, esa pequeña presión de su regordeta mano sobre la balanza marca una diferencia a su favor de más del diez por ciento de lo que compra. Esa pequeña presión de su mano son cinco o seis piastras sacadas del bolsillo del campesino, quien, con cinco o seis piastras, recuérdese, puede calmar su hambre con pan, aceitunas y tomillo molido durante cinco o seis días.
Así que no visitamos al hombre-capullo, acerca de quien el sacerdote de su capilla privada —reza en casa como los antiguos Emires del Líbano, este khawaja— me cuenta muchas cosas edificantemente aleccionadoras. De ellas, divulgo las más curiosas y menos perjudiciales.
- Como jeque (escudero) del pueblo, es generoso;
- como director de una fábrica de hilado de seda, es avaro, tacaño y mezquino.