Justo detrás de ellos se encuentra doña Religión con sus pesados vestidos de volantes, sus corpiños con cintas y encajes, sus ornamentos y baratijas sagradas. Y, billah, ¡también lleva rellenos y abultamientos! ¡Y dientes postizos y aliento apestoso! No importa. Sigue adelante, y déjala pasar.
Pero aguarda aquí un momento. Contempla este despliegue pirotécnico, estas guirnaldas y banderas; escucha esta música, estos gritos y aclamaciones; en aquel tocón de árbol hay un orador repartiendo a sus conciudadanos una retórica patriotería y tan hueca como aquel tambor: estos son los volantes elaborados y atractivos de la política.
Y entre la multitud hay ciudadanos bonachones y honestos que tienen su propia manera de alterarte los nervios con sus burdos holanes de libertad de estameña.
¿Quieres más?
Decididamente no, respondemos. Pues, ¿cómo vamos a tratar siquiera con Khalid, que se ha vuelto un maníaco de los volantes? ¿Y acaso toda esta rapsodia fantástica y fantasmagórica se inspiró en el simple comentario de Najma