La Voz del Alba
Sin aliento pero ilesos, emergemos de los laberintos de la metafísica y la psicología donde el hombre y el alma juegan siempre al escondite; y donde Jalid se complació en mostrar un poco de su mortal destreza en la esgrima.
A esos laberintos, prometemos al Lector, no hemos de volver jamás.
En nuestra actual morada, sin embargo, es necesario atravesar los pantanos y los Jordanes, así como las montañas y las llanuras. De otro modo, no nos habríamos detenido un instante a respirar en las tierras bajas del misterio.
Pero ahora sabemos cuán lejos llegó Jalid en busca de la salud, y cuán hondo en busca del Yo, al que desenredaría de las mallas de la filosofía y el anacoretismo, para devolverlo a la vida, triunfante, amante, jubiloso, libre. Y cuán lejos llegó en esto, pronto lo sabremos.
En la mañana de su último día entre los pinos, mientras tanto, lo contemplamos en el carro de Apolo serenateando a las estrellas.
Ya no se introduciría un tizonero por la tráquea; pues respira con tanta libertad como los osos de la montaña y gorjea con tanta alegría como las golondrinas.
¿Y sus pulmones? Los pulmones de los pinos no son tan sanos.
¿Y sus ojos? Bueno, puede contemplar el sol naciente sin volver la cabeza, ni entrecerrar los ojos, ni derramar una sola lágrima.