El arriero se detiene junto a uno de estos y se agacha para alcanzar algo que había visto en su interior. No se trata de un tesoro, por desgracia, como él suponía, sino meramente de un libro por el cual se desgarró las manos y el cual maldijo y nos entregó, diciendo: «Este debe de ser el breviario de algún monje».
No, era un libro inglés, de origen americano, y de un género bastante raro en América. En verdad, ¡he aquí un hallazgo y una sorpresa tan agradables como el rosal silvestre de Khalid! A Week de Henry Thoreau. Qué milagro del azar. ¿De quién sería este ejemplar mutilado de A Week, pensamos? ¿Quién en estas montañas, habiendo estado en América, se interesaría más por el Soñador de los Bosques de Walden que por el mercadeo y el comercio?
Paseamos a nuestra mula, mirando a nuestro alrededor con una vaga e inquieta sorpresa, como si buscáramos en el bosque a un compañero perdido, y he aquí que llegamos a un pino monarca en el que está grabado el nombre de... ¡Khalid! Este libro, por lo tanto, debe ser suyo; el nombre en el pino es sin duda el suyo; conocemos su letra tan bien como su forma de pensar. Pero ¿quién puede decir si esta es su Kaaba, esta su mezquita de pinos? ¿No podría haber atravesado estos claros rumbo a otras partes? Aquí hay indicios, en efecto, de sus pies y de sus manos, si no de las estacas de su tienda. ¿Y qué importa su estancia? No importa cuánto tiempo se haya hospedado aquí, es solo un paso, pensándolo bien: como el paso de Thoreau por los bosques de Walden, como el de Mahoma por el desierto.
Esta hora de ocio es el pezón del alma. Y afortunados aquellos que no son amamantados artificialmente, que conocen esta hora por breve que sea, que consiguen su pezón en el momento adecuado. Si no lo hacen, ningún alimento posterior podrán asimilar sus tejidos endurecidos. ¿Te extraña que el mundo esté lleno de almas endurecidas? ¿Y por qué para ellas esta hora infantil, este rato de amamantamiento, resulta tan repugnante?