dispuesta la cena, compuesta tan solo de pan y aceitunas. —Sabrás disculpar nuestra penuria —balbucea—; esto es todo cuanto tenemos. En verdad, mi anfitriona es de los más pobres campesinos del Líbano; hasta su botija de aceite dulce y sus tarros de lentejas y alubias están vacíos. Ella coloca la bandeja ante su hijo e me invita a participar del banquete. Voy a mi cesta, saco las pocas cebollas y los dos trozos de queso que me quedaban, los pongo con una disculpa sobre la bandeja —la madre, desconcertada, protesta— y nos sentamos con las piernas cruzadas en círculo para cenar. Cuando nos levantamos, la niña enciende una pequeña lumbre, y ellos disfrutan de la taza de café que les preparo. Y la madre, al tomar la suya, me dice con ingenuidad, y con un suspiro, que ya han pasado cinco años desde la última vez que probó una taza de café. En verdad, había conocido tiempos mejores. Y es la tristeza, adelantándose al tiempo, la que surca sus mejillas y roba a sus ojos negros el brillo y la chispa.
“Tenía antaño ganado, y una casa propia, y también alfombras, y jarras repletas de provisiones. Pero ahora es una