«Pues al atardecer del día en que me lo contó», escribe Shakib, «lo encontré sentado en el borde de su litera meditando sobre no sé qué. Era la primera vez que estaba de capa caída. No, era la primera vez que se le veía pensativo y profundo. Y al preguntarle la razón de ello, dijo: “Estoy pensando en los barquitos de papel que solía hacer navegar arroyo abajo en Baalbek, y eso me entristece”».
¡Qué extraño! Y, sin embargo, este primer acontecimiento registrado por nuestro Escriba, en el que se ve a Khalid luchando con lo misterioso y desconocido, es de suma importancia.
Otro caso, que muestra una fase latente, hasta entonces adormecida, en su carácter, observamos.
Entre los pasajeros de tercera clase hay una muchacha siria que se parece mucho a su prima Najma. Estuvo mareada durante toda la travesía, y cuando sale a respirar aire fresco, pocas horas antes de entrar en el puerto de Nueva York, Khalid la ve, y Shakib jura que vio una lágrima en el ojo de Khalid mientras permanecía allí contemplándola.
¡Pobre Khalid! Pues aunque nos estamos acercando a la última estación de la Vía Dolorosa, aunque nos estamos aproximando a las cúpulas encantadas de la Ciudad milagrosa y devota de la riqueza, él está inexplicablemente triste.
Y Shakib, inmediatamente después de jurar que vio una lágrima en su ojo, escribe lo siguiente:
“Hasta este momento solo había observado en mi amigo los rasgos dominantes de un muchacho terco, de corazón duro, obstinado, impetuoso, intratable. Pero desde el momento en que me relató su sueño, se hizo evidente