y te dará codazos en las costillas, y juntos reirán y reirán, hasta que ese glaciar se convierta en un jardín y tú en una flor en él. Sigue tu camino, por lo tanto; no temas. Y sin importar cuántas lágrimas derrames de este lado, seguramente te darán codazos en las costillas del otro. Sigue—tu—pero—deja que la Naturaleza sea tu guía; familarízate con una o dos de sus leyes antes de que te
Y hasta qué punto este fantástico e místico hijo de un fenicio llegó a familiarizarse con las leyes de la Naturaleza, no lo sabemos.
Pero, a decir verdad, ya andaba desbocado por la gran metrópolis de Nueva York. De su mohoso sótano sale a las chapoteantes y resonantes corrientes de la vida urbana. Antes de hacerlo, sin embargo, se deshace de todos los bartulos de buhonero que hasta entonces habían sido su único medio de sustento.
Su pequeño surtido de cruces, rosarios, escapularios, joyas falsas, chucherías de nácar y cosas por el estilo, que tiene en la pequeña repisa del sótano, lo baja una mañana—pero dejemos que sea nuestro Escriba quien cuente la historia.
“Mi amor por Jalid —escribe— ha sido puesto a prueba severamente. Ya no podíamos ponernos de acuerdo en nada. Se había vuelto tan disidente que a menudo tomaba el bando equivocado en una cuestión solo por el gusto de llevar la contraria. Es verdad que dejó de frecuentar el sótano del viejo Jerry y que ya no asistía a las conferencias de los infieles. Estábamos de acuerdo en cuanto al ateísmo, por lo tanto, pero en bullicioso desacuerdo sobre muchas otras cosas, entre las cuales destacaba la conveniencia, la necesidad, de hacer algo para reponer su saldo en el banco. Pues ahora andaba sin blanca y, además, era importunado. A decir verdad, lo que tenía siempre estaba dispuesto a compartirlo con él; pero