paso, balbuceó su primera sílaba, dio su primer beso y vio por primera vez una estrella en el cielo, es sepultado; es entregado a la Noche, a la Eternidad que Jalid no teme. Y aun así, qué lágrimas, nos cuenta Shakib, derramó sobre esa pequeña tumba.
Pero hacia la época en que se acerca la segunda calamidad, cuando Najma empieza a decaer y consumirse de dolor, cuando la recaída se presenta y la lleva en dos semanas hacia la tumba de su hijo, los ojos de Khalid son como dos pedazos de pedernal sobre una hoja de vidrio. Sus lágrimas fluyen hacia adentro, por decirlo así, a través de su corazón partido.
Como el poeta Saadi, Khalid trató una vez de llenar su regazo con flores celestiales para sus amigos y hermanos; y recogió algunas; mas, ay, la fragancia de estas lo embriagó tanto que la falda se le cayó de las manos. …
Nos encontramos de nuevo en el Mena House, donde conocimos por primera vez a Shakib. Y el lector recordará que las lágrimas acudieron a sus ojos cuando le preguntamos por su Maestro y Amigo.
—Ha desaparecido hace unos diez días —dijo entonces—, y no sé a dónde.
Por tanto, no nos preguntéis, oh, gentil Lector, qué fue de él. ¿Cómo podemos saberlo? Puede haber entrado en un círculo espiritual superior o inferior; a decir verdad, ahora no se encuentra en las afueras del desierto: más adentro, hacia este o aquel lado, debe haber pasado. Y al pasar continúa soñando con «la aparición en la desaparición; la verdad en la rendición; los amaneceres en el atardecer».
Ahora bien, adiós en cualquier caso, Lector. Y ya sea que hayamos empleado bien o mal el tiempo que hemos recorrido juntos, no riñamos por ello.