Bajo un naranjo, sobre la suave hierba verde, estiro las extremidades. Las margaritas, las anemones y los ciclámenes me rodean apretados: Los capullos de anémona me tienden sus preciosos rubíes; las margaritas me besan en los ojos y en los labios; y los ciclámenes sacuden su polvillo en mi cabello. En el muro, las rosas cabecean, sonrientes; sobre mí, azahares se entregan a la brisa cortejante; y en aquella roca la salamandra se sienta, apacible y serena. Tomo una margarita y, muchacho al fin y al cabo, interrogo a sus pétalos: ¿Hombre casado o monje?, pregunto, deshojándola uno a uno, Y el último pétalo dice: Monje. Me perfumo los dedos con ciclámenes estrujados, me cubro el rostro con las anémonas de ojos oscuros y me quedo dormido. Y mi burro duerme bajo el muro, a la sombra de rosas danzarinas. Y los mirlos también duermen la siesta, y los bulbules que revolotean susurran con sus alas: «salam». ¡Paz y salam! El bulbul, el mirlo, la salamandra, el burro y el muchacho arriero son el uno para el otro matices del sol de mediodía: Felices, amorosos, generosos y libres;— Tan felices los unos como los otros, y tan libres. Hacemos lo que nos place en el reino de la naturaleza, vamos a donde nos place; Nadie se ofende, nadie es jamás agraviado. Ningún centinela tiene la naturaleza, ningún policía.
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V. El sótano del alma
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