Pero pasando por alto estos, «llegamos al Wigwam de Tammany y un ciudadano fornido, de papada prominente y botas pesadas nos guía por el largo pasillo hasta una pequeña habitación cuadrada ocupada por un empleado de cara cuadrada y regordeta. Aquí esperamos media hora y más, durante la cual el joven caballero, con su campanilla delante y sus órdenes a los empleados menores que van y vienen, se da aires de persona de cierta importancia. Se nos pide entonces que lo sigamos de una habitación a otra, hasta llegar a la contigua a la oficina privada del Jefe. Se golpea un par de veces la puerta de la Grandeza con una nauseabunda sensación de asombro, y "Adelante", responde roncamente la Grandeza desde dentro. El empleado de cara cuadrada entra, cierra la puerta tras de sí, regresa en un santiamén y nos conduce a la imponente Presencia».
¡Dioses de Baalbek, jamás había visto cosa igual! He aquí una habitación suntuosamente amueblada con sofás y sillones, y alfombras de Isfahán. En las paredes hay retratos de Washington, Jefferson y el gran Boss Tweed; y justo debajo de este último, detrás de ese escritorio de caoba primorosamente tallado, en esa silla giratoria de caoba de asiento mullido, se encuentra la fornida silueta del gran Boss. Sobre el escritorio ante él, además de una plétora de documentos, yacían muchas cosas en desorden, entre las cuales advertí una caja de puros, el Código Penal y, lo más prominente de todo, los pies del Boss, alzados allí ya fuera para darnos la bienvenida o para recordarnos su poder.
Y la rica alfombra de Isfahán, al ser la escupidera pequeña y estar rebosante, recibe la materia de ricos colores que él escupe a borbotones cada vez que se saca el puro de la boca. ¡Oh, la vulgaridad, la bestialidad de aquello! PENSAD en esos pobres y pacientes tejedores persas que tejen los hilos de sus corazones en una obra tan hermosa, y en este jefe orgulloso y mezquino, cuyo despacho debería haber estado amueblado con paja. Sí, con paja; y las almas de esos pobres artesanos tejedores dormirían en paz. ¡Oh, la ignominia de tener piezas de artesanía tan preciosas bajo los pies y los gargajos de tan vulgares especímenes de la humanidad.