espejismos brillantes, como polvo errante, hasta que hallan su exponente en el Hombre.
“Te digo entonces que el Hombre, es decir, la Consciencia, vitalizada y purificada, en otras palabras el Pensamiento—eso solo es real y eterno.
Y el Hombre es supremo, sólo cuando es el fiel exponente de la Naturaleza, y del espíritu, y de Dios: las tres fuentes divinas de las que procede, en las que se sustenta y a las que debe regresar.
La naturaleza y lo espiritual, sin esta inteligencia encarnada, este ser somático llamado hombre o ángel o simio, son como armiño sobre una figura de cera.
El factor humano, el exponente de la inteligencia, las facultades intelectivas y sensitivas, estos, Hermanos míos, son íntegros, sublimes, santos, sólo cuando, en un estado de continua expansión, la armonía entre ellos mismos y los vínculos afirmativos entre ellos y la Naturaleza son perfectos y puros.