favorecido a los ojos de Alá es aquel que ama más a su prójimo. Termina luego con un encomio a los héroes del día, maldice con vehemencia a los reaccionarios y a quienes no los maldicen (la mezquita resuena con «¡Maldice a los reaccionarios, maldiciéndolos a todos!»), pisotear bajo sus talones a todo espía y delator de la Nueva Era, invoca al gran Alá y a su Apóstol para que velen por los patriotas y amigos de la nación otomana, para que castiguen con dureza a sus enemigos y—desciende.
Se hace el silencio de la expectativa.
La Mezquita está abarrotada; y la apretura de turbantes es tal que, si se dejara caer un guisante desde arriba, no llegaría al suelo. Desde el púlpito, la gran audiencia mahometana, con sus fez rojos, sus turbantes verdes y blancos, le parecía a Khalid un campo verdoso cubierto de margaritas y amapolas.
«Es el comienzo de la Primavera de Arabia, la resurgencia de la gloria del Islam», y así sucesivamente; abriendo de este modo con un floreo de adulación como los embaucadores charlatanes a quienes tan duramente juzga.
¿Y qué diremos de él? No sería justo condenarlo apresuradamente, desacreditarlo desde el principio. Quizás se sintió así inspirado por la augusta asamblea; quizás acobardado pensó que era prudente seguir hasta ahí el consejo de sus amigos.
«No fue ni lo uno ni lo otro —dice nuestro Cronista—. Pues al encontrarse él en la tribuna, la imagen del campo de margaritas y amapolas evocó la imagen de la Primavera. Un orador no siempre es responsable de las travesuras de su imaginación. En efecto, un público de unas cinco todas almas, todas atentas a este opaco y misterioso Ente en la tribuna, está obligado a llegar a lo más hondo de él; pues pensad en lo que pueden hacer cinco mil rayos enfocados sobre una placa sensible».