Ahora bien, como muestra de este saludable estado del cuerpo y de la mente, y de su más saludable propósito de volver al mundo, de vivir enfrente de su amigo el Ermitaño en la otra antípoda de la vida, y además, como un alivio a las agotadoras tortuosidades del pensamiento del último Capítulo, damos aquí una pieza descriptiva notablemente simbólica.
“Me dormí muy temprano anoche; las luces de la capilla de la abadía aún parpadeaban y los monjes cantaban las completas. La música suave de una llovizna parecía responder sombríamente al eco melancólico del coro.
Cerca de la medianoche, la lluvia golpeaba con fuerza el tejado de pino del bosque, y el trueno debió de haber caído muy cerca, entre mí y los monjes.
Pero levantándome muy temprano esta mañana para comulgar por última vez con el silencioso pensamiento del alba entre los pinos, me saluda, al asomarme por mi caseta, un corrillo de estrellas mironas. Pero ¿dónde está el aliento opaco de la tormenta?, ¿dónde están las nubes? Ninguna parece colgar en el horizonte, y el cielo es tan límpido y claro como el amanecer de una nueva vida.
- Glorioso, este intervalo entre la noche y el alba.
- Delicioso, el sabor del bosque tras una tormenta.
- Embriagadores, los olores de la tierra, renovada y satisfecha.
- Divinos, los susurros del aire matutino, ¡divinos!
“Pero ¿dónde está la lluvia y dónde los rayos de anoche? El bosque y la atmósfera conservan tan solo los dulces y perfumados recuerdos de su apasionada tormenta. Una mañana de diciembre así en estas alturas montañosas es un portento de frescura perdurable y ardor. A tu alrededor se apodera de uno la vívida ilusión de la primavera. Las suaves brisas que acarician los pinos sacuden de sus ramas la única prueba de la