Pero jamás pudimos dudar de la veracidad y la sinceridad de propósito del Autor. Ya sea que arrastrada como un zoofito, se elevara como un águila o combatiera, al modo de Alí, contra los gigantes del mundo inferior, él es genuino y, a menudo, veraz de manera divertida.
Pero las numerosas páginas cuestionables sobre este curioso tema del eremita, ¿qué vamos a hacer con ellas? Si son imaginarias, hay demasiado en este libro en contra del charlatanismo como para intimidarnos. Y sin embargo, si Khalid ha encontrado al troglodita, a quien creíamos una especie extinta, debería habernos dejado unas cuantas leyendas al respecto.
Hemos visitado las antiguas cavernas de los trogloditas del Líbano en los acantilados que dominan el río de Wadi Kadeesha, y no hemos hallado allí más que murciélagos ciegos, musgos y una lúgubre vacuidad.
No, no queda ni rastro del fósil, ni un cráneo, ni una espinilla.
También hemos preguntado en los monasterios cercanos a los Cedros, y se nos dijo francamente que ningún monje hoy en día apetece tal vida. Y si lo hiciera, no daría a sus hermanos monjes la molestia de llevarle su pan de cada día a una cueva en esos acantilados prohibidos.
Y sin embargo, Simón el Estilita, el de la Columna, que permaneció durante treinta años encaramado en la cima de ella, era un pastor sirio. ¿Pero quién de sus descendientes hoy en día pasaría tan solo una noche en la cima de esa columna?
Curiosas fases limosneras de nuestro sistema monástico revelan estos tiempos modernos.
De camino de vuelta de un viaje a los Cedros, mientras estábamos ocupados en la presente Obra, pasamos por un pinar en el que había algunos arbustos enmarañados de clemátides.