seda es en sí mismo una abominación. Y aunque sus ingresos hoy no son tantos como hace diez años, los gastos se han duplicado. América está arruinando nuestra agricultura; y pronto, supongo, tendremos que enviar a buscar jornaleros a China. Vaya, los que no emigran exigen hoy el doble por la mitad del trabajo que solían hacer hace cinco años; y los que regresan de América se pasean pavoneándose como hacendados rurales lamentando la esterilidad de su suelo natal».
Y llevando un tema a otro, pues nuestro monje es de pico fino, llegamos a los queseros, a los cabreros. «Hasta estos honrados rústicos —dice—, se están pervirtiendo (mafsudin). Su queso ya no es lo que era, ni tampoco su fe. Pues la civilización, pasando junto a sus chozas de una u otra forma, les susurra al oído algo sobre la astucia y la adulteración. Y confundiendo la una con la otra, extraen la mantequilla de la leche y dejan el cardenillo en los utensilios. Esta codicia es una de las enfermedades que provienen de Europa y América; es una plaga de la que ni el cabrero puede escapar. ¿Saben?, dondequiera que va el mercader de quesos hoy en día, el envenenamiento por ptomaínas no tarda en aparecer».
“¿Y por qué no interviene el Gobierno?”, preguntamos.
—Porque el Gobierno —responde nuestro fraile con aire y ademán secos y burtones—, no come queso.
Y los monjes, según supimos, no tienen que comprarlo. Pues esto, al igual que su mantequilla, aceite de oliva y vino, se produce en sus propias fincas, bajo su propia supervisión.
—Sí —prosigue, guardando su breviario en el bolsillo y sacando la tabaquera—; no hace mucho, alguien que vivía por estos lares —un joven de Baalbek era, y tenía su puesto en el pinar de más allá— compró un poco de queso a uno de estos buhoneros arrieros y, tras comer de él, enfermó. Dio la casualidad de que yo pasaba por allí de camino a la