borrados con grandes billahs; la fuerza y el significado de estos brotes subliminales, querido Lector, confesamos que somos, al igual que usted, incapaces de comprenderlos sin la ayuda de nuestro Intérprete. Dejaremos, por tanto, que él hable.
«Cuando estaba en prisión», escribe Shakib, «Khalid sufría espasmos y extrañas alucinaciones. Un día, mientras yo sudaba para sacarlo de la cárcel, me manda recado para que vaya a verle. Voy; y tras esperar un rato en la puerta de Hierro, veo a Khalid corriendo por el pasillo como un león enfurecido. “¿Qué quieres?”, gruñó, “¿por qué estás aquí?”. Y yo, anonadado: “¿No me mandaste llamar?”. Y él replicó cortante: “Lo hice; pero no debías haber venido. Deberías negarme tus favores”. ¡Vida de Alá!, me quedé atónito. Temí que su mente también se hubiera descarriado junto con su salud, que ya estaba penosamente minada. Lo miré con ojos nublados y llorosos, y le aseguré que pronto sería libre».
—Y ¿de qué sirve la libertad —exclamó—, cuando nos arrastra a abismos más bajos y oscuros? No creas que soy desgraciado en la prisión. No; no lo soy: soy feliz. He tenido visiones extrañas, maravillosas. Oh, hermano mío, si pudieras contemplar los cenagales, más profundos y oscuros que cualquier celda de prisión, en los que me has arrojado. Sí, tú... y otro. Oh, os odio a ambos. Odio a mis mejores amigos. Te odio a ti... no... no, no, no. Y se precipita sobre mí, me abraza y baña mis mejillas con sus lágrimas. Tras lo cual balbucea suplicante: «Prométeme, prométeme que no volverás a darme dinero, y que, aunque me encuentres hambriento y en harapos acurrucado en tu puerta, me lo prometerás».
Y, a decir verdad, accedí a todo cuanto decía, viendo cuán quebrantado estaba de cuerpo y espíritu. Pero no se tranquilizó hasta que hube hecho una promesa bajo juramento. Y así, tras nuestro abrazo de despedida, me pidió que regresara al día siguiente y le llevara algunos libros para leer. Así lo hice, trayendo conmigo el Emilio de Rousseau y el Culto a los héroes de Carlyle, los únicos dos libros que tenía en el sótano. Y al verlos, exclamó