tres estaciones. Y si vuestras esperanzas no son crucificadas en la tercera y última estación, pasáis al Paraíso de vuestros sueños. Si son crucificadas, ¡ay!, las puertas de dicho Paraíso se cerrarán ante vosotros; las puertas de las hosterías se os cerrarán de golpe en las narices, y con un consuelo y una venganza os arrojaréis a los pies del mar en cuyo seno algún Jonás caritativo os llevará a vuestras playas
Y cuando el emigrante tiene un excedente de oro, cuando su capital es tal que no puede disiparse en un traje de mala calidad, el alojamiento de una quincena y un pasaje a través del Atlántico, los ingeniosos proceden con el Cuarto Acto de Ábrete, cartera.
—En vez de empezar en Nueva York como buhonero —le dicen, desplegando ante él uno de sus seductores planes—, ¿por qué no hacerlo como comerciante?
Y el emigrante abre su monedero por cuarta vez en la oficina de algún fabricante francés, donde adquiere unas cuantas cajas de baratijas —escapularios, rosarios, cruces, joyas, chucherías y cosas por el estilo—, que según se dice están hechas en Tierra Santa. Estas las trae consigo como su capital mercantil.
Ahora, Khalid y Shakib, después de pasar una quincena en Marsella y de atravesar el cuarto acto de la patética función, ven su dignidad como comerciantes rudamente aplastada bajo las escotillas del vapor del Atlántico.
Pues aquí, hasta el placer de dormir en cubierta les está vedado. El océano Atlántico no lo permitiría. En efecto, todos tienen que deslizarse en sus apestosas literas para ponerse a salvo de su ira creciente.
Una quincena de tan indescriptible miseria es bastante soportable, sin embargo, si uno sigue atesorando el Paraíso ya mencionado. Pero en este