las rocas mismas están imbuidos de él. Mirad cómo las fisuras en aquellos peñascos de ahí parecen simpatizar con los huecos en los muros de las terrazas: las hojas de los ciclámenes en unos saludan con reverencia a las flores de los ciclámenes en los otros. Oh, estas terrazas habrían deleitado el corazón del naturalista estadounidense Thoreau. No habría podido desear muros de piedra con más huecos.
Pero ojo, que estas no son rendijas oscuras, feas, huecas y sin esperanza. Detrás de cada una de ellas se agazapa un misterio. Allá al fondo de los nichos puedo ver los bustos de los poetas que escribieron los poemas que estas hermosas flores silvestres me están leyendo. Sí, los autores han muerto, y lo que contemplo ahora son las flores de sus amores. Estos son los retoños de sus abrazos, el roció cristalizado de su amor. Sí, este solo y sencillo acto de amor hace brotar una infinita variedad de flores para celebrar la muerte de la forma exterior finita y la esencia eterna de la vida perenne.
En la entrega total reside la divinidad de las cosas eternas. Esta es la nota fundamental de los poetas místicos orientales. Y me inclino a creer que ellos, de entre todos los bardos, son los que mejor han cantado el canto del amor. Al deambular por los campos con estos hermosos hijos de las terrazas, no sé qué me atrae hacia al-Farid, el único poeta erótico-místico de Arabia, cuyas interminables rimas poseen un encanto perenne. Tal vez versos como estos:—
«Todo lo bello es más bello cuando ella se levanta, todo lo dulce es más dulce cuando ella está aquí; y a toda forma de belleza sorprende con una breve palabra que le susurra al oído: «Tus encantos maravillosos, oh, no dejes que te engañen; no son más que prestados por ella durante un tiempo; tu apariencia exterior y tu hermosura te entristecerían, si en tu alma más íntima ella no sonriera.