debe dar la vuelta a la tierra, está dominado siempre por el instinto del propio interés. Eso ha de ser; eso es inevitable. Pero el instinto del propio interés, oh mi Hermano, va con la carne; el cuerpo político muere; las naciones se alzan y caen; y el Espíritu eterno, el progenitor de todos los ideales, pasa a mejores o peores manos, mientras sigue purificándose y fortaleciéndose en el proceso».
“El Oriente y el Occidente, lo masculino y lo femenino del Espíritu, las dos grandes corrientes en las que el cuerpo y el alma del hombre se refrescan, se vigorizan, se purifican—a ambos canto, de ambos me enorgullezco, a ambos consagro mi vida, por ambos trabajaré y sufriré y moriré. Mis Hermanos, el ser más altamente desarrollado no es ni europeo ni oriental; sino más bien aquel que participa de las cualidades más finas tanto del genio europeo como del profeta asiático.
«Dadme, poderosas naciones de Occidente, las comodidades materiales de la vida; y tú, Oriente mío, déjame participar de tu herencia espiritual. Dame, América, tu mano; y tú también, Asia. Tierra de origen, donde la Luz y el Espíritu surgieron por primera vez, no desdeñes los dones que las naciones de Occidente te traen; y tú, tierra de organización y poder, donde la Ciencia y la Libertad reinan supremas, no desdeñes las dádivas del amanecer».
“Si los descubrimientos y logros de la Ciencia han de hacer que el cuerpo del hombre sea más limpio, más sano, más fuerte, más feliz, la inagotable fuente oriental de belleza romántica y espiritual jamás dejará de brindarle al alma del hombre el sosiego y el consuelo que siempre anhela. Y recuerda, Europa, recuerda, Asia, que la cultura extranjera es tan necesaria para el espíritu de una nación como el comercio extranjero para sus industrias. De otro modo, tu materialismo, Europa, o tu espiritualismo, Asia, por muy incisivos e inexpugnables que sean, por muy profundo que sea su cimiento y muy amplia su superestructura, son vulgares, estrechos, mezquinos; no son, en una palabra, más que provincianismo.