el mundo exterior, especialmente con amigos y amores, la habría arruinado. Así que tuve que guardar silencio como los pinos entre los que me hospedé, hasta volverme tan sano como las golondrinas, mis compañeras allí. Cuando nos encontremos, te relataré los muchos incidentes curiosos de mi soledad y mi viaje por las sagradas colinas del Líbano. A estas montañas propicias, hermano mío, les debo la salud, la alegría y la sabiduría que ahora son mías; y tuyas también, si lo piensas. > > Es extraño, ¿no es cierto?, que a lo largo de mi viaje —y he pasado por muchos pueblos— no oyera nada de este gran cataclismo político en el Imperio. Probablemente la gente del Líbano no aprecie la Revolución. Encuentro que hay tanto en común entre ellos y las razas celtas, que en tales instancias siempre han sido más realistas que el rey. Y creo que el monte Líbano va a ser la Vendée de los turcos. > > Llevo en Beirut apenas unos días. Y de verdad, no podía dar crédito a mis ojos cuando en la Plaza de la Concordia (espero que los turcos no sigan los pasos de los revolucionarios franceses en todo), no podía dar crédito a mis ojos cuando, en esta plaza embarrada, sobre el santo Tocón de la Libertad, contemplé a mi viejo amigo el Orate repartiendo a la multitud tocada con turbantes y tarbuses, entre la que había arrieros y muleros con sus camellos y mulas, las bendiciones de aquel triple abracadabra político de la Francia de hace más de un siglo. ¡Libertad, Fraternidad, Igualdad! —es una vergüenza que el espectáculo lleve ya seis meses en marcha y yo no lo supiera—. Empiezo por aplaudir a los Orates de la Plaza de la Concordia, idiota de mí. Pero, con mi maldita impulsividad,
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V. Unión y Progreso
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