en una sola comida; pues mi alojamiento, mi almuerzo y mi desayuno no cuestan casi nada. Sí, puedo ser un buhonero de carrito de mano durante el día; puedo dormir a la intemperie por la noche; puedo pasar el almuerzo y el desayuno a base de café y naranjas; pero por la noche haré valer mi dignidad y haré justicia a mi paladar: cenaré en el Hermitage y te permitiré que me llames tonto. ¿Y por qué no, ya que mi monedero, al igual que mi estómago, es ahora mío? ¿Por qué no ir al Hermitage si los ingresos de mi carrito me lo permiten? Pero la primera noche que fui allí, mi aspecto descuidado atrajo la molesta atención de los comensales elegantes y hasta hizo que los camareros se mostraran ofensivos. De hecho, uno de ellos se acercó a preguntar si estaba buscando a alguien. ‘No —le respondí con indignación contenida—; busco un lugar donde pueda sentarme a comer sin ser devorado por las miradas de los curiosos vulgares’. Y pasé a un cenador que desde esa noche se convirtió prácticamente en el mío, seguido por un camarero que desde esa noche también se convirtió en mi amigo. Pues cada tarde que voy allí, encuentro mi mesa desocupada y a mi camarero listo para recibirme y atenderme. Pero no creas que hace esto por amor a mis ojos negros o a mi filosofía. Jamás podré olvidar aquella mirada desdenosa de la primera noche, billah. Y descubrí que solo se podía apaciguar y suavizar con una propina generosa. Y se la doy por adelantado todas las semanas para asegurar tanto mi comodidad como la suya. Sí, soy un tonto, te lo concedo, pero no estoy fuera de mi elemento allí. > > “Después de cenar doy un paseo por los Jardines de Flores y, cruzando el endeble puente de madera sobre el río, entro en el abetal. Aquí, en un rincón apartado
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Deficiencias subtrascendentales
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