los hombros del editor, en caso de que se divulgue el secreto.
Sea como fuere, ninguna cruz roja puede ocultarnos la asombrosa confesión que ahora hacemos. Pues los dos jóvenes sirios que fueron sacados de contrabando de su país por los barqueros de Beirut, y que se introdujeron de contrabando en la ciudad de Nueva York (pedimos perdón al crítico; pues, al ser nosotros mismos extranjeros, deberíamos tener permiso para estirar este término, contrabandear, hasta abarcar una metáfora árabe, o para colar en él un significado extranjero), estos dos sirios, decimos, se convirtieron, en su calidad de comerciantes, en contrabandistas del tipo más ingenioso y escurridizo.
Anotamos ahora lo siguiente, que concierne a sus negocios. Nos enteramos de que se instalaron en el Barrio Sirio inmediatamente después de despachar su mercancía. Y antes de entrar en su sótano, se nos asegura, se lavaron las manos de toda intriga y fueron absueltos de sus pecados por el sacerdote maronita de la Colonia. Pues eran piadosos en aquellos días, y rectos católicos. Se consigna además en la Histoire Intime: