que el castillo, que está en construcción, es su nuevo hogar.
Al salir, le doy las gracias a Madame y le pregunto por la tumba de la hermana de Renan. Se detiene asombrada, me echa el humo de su narguile en la cara, me examina de pies a cabeza y me hace esas mismas preguntas con las que me había atormentado su sirviente. De hecho, yo ya había respondido a diez de las suyas antes de obtener esta respuesta a la mía:
—¿La hermana de quién, dices? ¿Aquel francés que vino aquí en los sesenta por antigüedades? Sí; su hermana murió y fue enterrada aquí, pero ningún cristiano la recuerda para bien. Debía de ser una mala mujer como su hermano, que era un infiel, según dicen, y no conocía ni temía a Dios. —¿Qué irías a ver allí? ¿Eres como el idiota de Franje (los europeos) que viene aquí y se lleva de alrededor de la tumba unas piedras y polvo? Ve tú con él —(esto al sirviente)— y muéstrale la cripta de los Tubeyas, donde fue enterrada.