jeque está durmiendo, y que si queríamos verlo, debíamos volver por la noche. Supe más tarde que él, invirtiendo la práctica habitual de la humanidad, trabaja de noche y duerme durante el día.
“Regresamos por la tarde. Y el jeque, con una lámpara en la mano, se asoma por una pequeña abertura cuadrada en la puerta para ver quién llama. No conocía ni a Jalid ni a mí; pero a la señora Gotfry—«¡Ah!», meditó. Y al contemplar su rostro a la luz de la lámpara, exclamó: «¡Marhaba (bienvenida)! ¡Marhaba!» y se apresuró a descerrojar la puerta.
Se nos conduce a través de un pasillo oscuro y estrecho, hacia un pequeño patio, hasta su estudio. Que es una habitación de tres paredes —una especie de escenario— que da al patio y está exenta de diván, banco o silla.
Mientras él y la señora Gotfry intercambiaban saludos en persa, yo me preguntaba por qué en Damasco, la ciudad de los siete ríos y de la poesía y el canto, habría de haber un patio culpable como este de una fuente seca y decrépita. Supe después, sin embargo, que el jeque no tolera el ruido del agua; y así, sufriendo de sed y de abandono, la fuente se arruina.