Aquí, en la última estación, donde los olores de los desinfectantes son peores que el hedor de la tercera clase, aguardan tras las rejas su turno; apiñados con compañeros de sufrimiento italianos y húngaros, emitiendo tales gemidos de expectación, intercambiando tales gestos de esperanza.
Pronto serán conducidos ante el doctor y el oficial intérprete para ser examinados; el uno escudriñará sus monederos, el otro sus ojos. Pues en estos Estados Unidos de América queremos ciudadanos de vista clara al menos. Y sin monederos fríos, si es posible evitarlo.
Pero ni los ojos, ay, ni los bolsillos de nuestros dos emigrantes se ajustan a la Ley; los primeros están llenos de granulaciones de tracoma, los segundos han sido vaciados por los timadores de Marsella. Lo que significa que quedarán detenidos por el momento; y si en el plazo de una quincena no surge nada a su favor, serán con toda certeza deportados.
¡Tracoma! Un pequeño granulo en la superficie interior de los párpados, ¿qué miseria adicional le trae al pobre emigrante deportado? Se nos pide que derramemos una lágrima por él, que lloremos con él por sus esperanzas truncadas, sus aspiraciones estranguladas, su patrimonio en la patria vendido o hipotecado —en cualquier caso perdido— y la semilla de su nueva vida aplastada en su cotiledón por el médico que bien podría ser corto de vista, o incluso ciego. Pero la ley debe aplicarse por el bien de los ciudadanos de vista clara de la República. No queremos saber nada de estos pobres extranjeros lagañosos.
Y así continuaría nuestro afligido Escriba, si no ejerciéramos la prerrogativa de nuestro Diván Editorial. Mejor prosigamos con nuestra narración.
Khalid está ahora en el hospital, a la espera de nuevos acontecimientos en su caso.