Al llegar a Damasco ambos se hospedan en el mismo hotel: segundo infortunio.
A la mesa ocupa esta vez el asiento junto al de ella, y una vez, al levantarse simultáneamente, sus extremidades se rozan: tercer percance.
Y la última y peor, cuando se retira a su habitación, descubre que la de ella está en el mismo pasillo lateral, enfrente de la suya.
Ahora bien, ¿quién pudo haberlo ordenado así, de entre todos los poderes terrenales? ¿Y quién puede decir lo que tantos infortunios no habrían podido producir?
Es verdad que mil cardos no hacen una rosa; pero con el destino esta lógica no se cumple. Pues cada nuevo contratiempo nos hace olvidar el que le precede; y el último y peor está destinado a ser el arúspice de la buena fortuna.
Sí, cada pueblo, suponemos, tiene sus aforismos sobre el tema:
El apuro es la llave del alivio, dice el proverbio árabe; El desfiladero conduce a la llanura, dice el chino; La hora más oscura es la más cercana al alba, dice el inglés.
Pero no debemos imponer condiciones al tiempo, ni confiar en los aforismos. No sabemos cuáles son las ideas de la señora Gotfry sobre el asunto. Ni podemos decir cómo se sintió ante estas extrañas coincidencias.
En su corazón religioso, ¿no habría acaso alguna sombra de una antigua superstición, alguna fibra mística e instintiva, en la que lo sobrenatural se resuelve?