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nydus/The Book of KhalidPublic
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Un sueño de imperio

Jaled enciende otro cigarrillo y se sienta. Sobre la mesa, ante él, hay unas láminas antiguas a color que la señora Gotfry había comprado en el bazar. Esas solo se pueden conseguir en Damasco. Y —¡extraña coincidencia!— representaban a algunos de los héroes de Arabia —Antar, Alí, Saladino, Harún al-Rashid—, ejecutados con una coloración espléndida y en ese estilo anguloso, deliciosamente ridículo, que no es árabe ni egipcio, sino quizás una combinación de ambos. Jaled lee la poesía debajo de cada una de ellas y la traduce al inglés. La señora Gotfry está encantada. Jaled está perdido en sus pensamientos. Deja la estampa de Saladino sobre la mesa, enciende otro cigarrillo, mira fijamente a su amiga, con el rostro radiante por su ensoñación.

“Yamilah”. Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila, un nombre árabe que, como bahaí, ella había adoptado. Y no se sintió ni sorprendida ni desagradada.

“Necesitamos a otro Saladino hoy en día⁠—un Saladino de la Idea, que libre una cruzada, no contra el cristianismo o el mahometanismo, sino contra aquellos usurpadores tártaros que ahora adulan a ambos”.

“¿A quién te refieres?”

—Me refiero a los turcos. Se les dio una última oportunidad de alzarse; lo intentaron y fracasaron. No pueden alzarse. Están desmoralizados; no tienen resistencia, ni carácter; ni amor innato por la verdad y el arte; ni sentido instintivo o adquirido del bien y de la justicia. El güisqui, el libertinaje y las vacuidades rimbombantes sobre la fraternidad y la igualdad no pueden regenerar un Imperio.

El turco debe irse: se irá.

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