Su agudo sentido de discriminación en los sonidos es increíble. Y un día, al ver a un mahometano extendiendo su alfombra para rezar, empieza a arrodillarse y a besar el suelo en imitación de él. Incluso fue a la tienda y trajo la yuba de Khalid para extenderla sobre la arena de la misma manera con ese propósito.
Tan sensible a las impresiones exteriores es este niño que responde rápidamente a la más mínima sugerencia y con el menor esfuerzo.
Early in the morning, when the chill of night is still on the sands, he toddles into Khalid’s tent cooing and warbling his joy. A walking jasmine flower, a singing ray of sunshine, Khalid calls him. And the mother, on seeing her child thus develop, begins to recuperate. In this little garden of happiness, her hope begins to blossom.
Pero a Jalid le gustaría saber por qué Nayib, al entrar en su tienda por la mañana y verlo desnudo, siempre señalaba con el dedo meñique y con una sonrisa interrogativa lo que sobresalía bajo el ombligo. Preguntas por el estilo las hace Jalid con la naturalidad y la libertad de un niño. Y sobre ellas escribe también páginas enteras, en las cuales lo único que consigue es confundirse a sí mismo y confundirnos a nosotros. Pues, ¿cómo podemos dar cuenta de todo lo que hace un niño? Ni siquiera el psicólogo con su teoría de los actos reflejos resuelve todo el problema. Pero a Jalid le gustaría saber —y tal vez no con tanta inocencia se detiene en este asunto como en otros—, le gustaría saber el significado del dedo y la sonrisa de Nayib. Puede que sea solo una casualidad, Jalid. «Pero una casualidad —dice él— que se repite una y otra vez de la misma manera bajo condiciones determinadas deja de ser tal». ¿Y no podría ser que el niño, que es un observador tan precoz y agudo, hubiera visto antes a su madre en pelota picada, y se hubiera sorprendido al ver ese apéndice en ti, Jalid?