¿cómo voy a mantenerme siempre en la acera de la razón? Yo, que he mamado la leche de la libertad y he roto también la botella en la cabeza de mi nodriza, no tengo la culpa de que, por pura alegría, aclare a quienes la están coronando en un muladar con guirnaldas de paja de establo. Es mejor, billah, que romperle la botella en la cabeza, ¿no es verdad? Y así, que los Orates suelten sus peroratas. Y que el jeque, el sacerdote y el rabino se abracen sobre ese mismo Tocón y se reconcilien. ¡Viva la Era de la Concordia, la paz y el amor! ¡Viva el Dustur! ¡Hurra por los Héroes de la Unión y el Progreso! Baja a Beirut y échate
No; no apruebo tu idea de relacionarte con ese joven redactor mahometano. Ya sabes lo que se dice del leopardo y sus manchas. Además, tuve otra oferta de un viejo cristiano; pero bien podrías pedirme que me haga jesuita antes que hacerme periodista. Escribí la semana pasada un artículo político en el que criticaba el Discurso de Su Majestad ante el Parlamento, y vapuleaba a esos representantes aceitosos, palabreros y falsos, que no se atreverían a señalar las mentiras que contiene. Oyen al secretario jefe leer acerca de «los esfuerzos realizados por el Gobierno durante los últimos treinta años en favor de la educación», y aplauden; mientras que en el Banquete Real se empujan y codean para besar el borde de la levita de Su Majestad. ¡Los esclavos abyectos!
El artículo fue muy citado y comentado; fui injuriado por muchos, defendido por unos pocos, los cuales preguntaban: «¿Acaso el Gobierno de Abdul Hamid cometía todos sus crímenes en aras de la educación? ¿Acaso la Censura y el Terror del Bósforo nos estaban entrenando para la Dustur?». «Pero la persona de Su