El sótano del alma
Hasta ahora, Jalid y Shakib han sido inseparables como los Pointers. Siempre aparecían juntos, hacían juntos la ronda de su órbita ambulante y juntos estaban sujetos a las mismas condiciones y restricciones. Restricciones que son una especie de sacrificio que hacen en el altar de la amistad. Uno, por ejemplo, jamás se permitía una ventaja de la que el otro no pudiera disfrutar, ni un placer en el que el otro no pudiera participar. ¡Incluso dormían bajo la misma manta, según nos enteramos, comían del mismo plato, fumaban de la misma narguile, que Shakib trajo consigo desde Baalbek, y colaboraban para escribirle a una misma enamorada! Una condición de amistad sin parangón, de completa unidad. Ambos se habían cortado prendas de la misma tela, como reza el refrán árabe. Y el domingo por la tarde, con ropas impecables, tomaban el aire en Battery Park, donde el uno invocaba a la Estatua de la Libertad en busca de un pensamiento, o a los domos dorados de Broadway en busca de una metáfora, mientras el otro escudriñaba el horizonte en busca de la Nada, a la que se llama, en la jerga recóndita de los sofisticados, un algo vago.
En el manuscrito de la Biblioteca Jedivial no hallamos nada en lo que este Battery Park pudiera haberse inspirado. Y, sin embargo, no podemos creer que el Jalid de aquí se sintiera atraído únicamente por aquel algo vago que, en su reclusión espiritual, parecía saborear.
¿Nada? ¿Ni siquiera las gamuzas y los canguros que adornan el Parque lo distrajeron o detuvieron? Lo dudamos; y el laúd de Khalid nos sostiene en nuestra duda. ¡Vaya que sí, y también nuestro Escriba!; pues en su Histoire Intime leemos lo siguiente, que transcribimos fielmente.