Deseamos que este negocio persecutorio cese por todas partes, y que todos los de las facciones implicadas persigan más bien, y destruyan, al gran y fuerte diablo que llevan dentro. Así habla el predilecto. Y así, por esta vez, nosotros también.
Porque ¿no es cierto que cada uno de estos furiosos ángeles de la Igualdad, ya sea en Constantinopla, en Berlín, en París, en Londres o en Nueva York, se sienta sobre sus alas y revela sus cuernos cuando asciende al poder? Estamos cansados de alas que en realidad no son más que cuernos, deformes y mal ubicados.
¡Mirad a nuestros ángeles tártaros del Dustur, que maldicen en francés y beben güisqui! En verdad, nos alegramos de que nuestro pobre pequeño Diablo esté ahora fuera del alcance de sus aceros goteantes y sus desvencijadas horcas de segunda mano.
Y sin embargo, no muy lejos; pues si el Gobierno británico consiente o hace la vista gorda, Jalid y muchos reaccionarios de verdad a los que El Cairo da cobijo tendrían que buscar asilo en otra parte. Y el tercer vuelo tal vez no fuera tan exitoso como los anteriores.
Pero no hace falta ninguna. En las arenas del desierto libio, no lejos de El Cairo y al alcance de los vientos de Helwán, levantan sus tiendas. Y la señora Gotfry se hospeda en el al-Hayat, que está a tiro de piedra de su hoguera nocturna. A ella le gustaría que Jalid viviera allí también, pero él se niega. Vivirá un tiempo con su primo y Shakib. Nos dicen que está cautivado por ese tierno querubín de bebé. Pero esto no le impide visitar todos los días a su amiga la sacerdotisa bahaí y cenar a menudo con ella en el hotel.
Ella también acude al campamento con no poca frecuencia. De hecho, hallando la soledad de su agrado, hace que le levanten una tienda cerca de la de ellos. Y como alivio al ruido y al bullicio de los turistas y a las fatigosas formalidades de la vida de hotel, se retira allí unos cuantos días cada semana.