Pero no debemos entrometer más observaciones de este tipo sobre la humanidad. Hayamos sido criados correctamente o no, nos apañamos para vivir; pero si lo hacemos a la manera de las marmotas o de los maronitas, no es esa la cuestión que aquí ha de considerarse. Rezar para conseguir el pan o cavar la tierra en su búsqueda, ¿no es acaso lo mismo para la mayoría de la gente? Dado un misionero con una Biblia en el bolsillo trasero o un campesino con un fardo de leña a la espalda y el mismo coeficiente gástrico, obtendrán en ambos casos un resultado de expansión para seis pies de tierra de ataúd y una fracción de la misericordia de Alá. Nuestro pobre misionero, ¿vale la pena cruzar los mares para esto?
A semejanza de marmotas o de maronitas—¡pero con cuidado, ya sabes! Helo aquí a nuestro campesino con su abrumadora carga de broza. Y ahí va otro, y otro. Van acarreando combustible hacia el horno de cal que tenemos más adelante, allá a lo lejos. ¡Qué sudor de frente, qué tiempo, qué fuego, qué sufrimiento y paciente labor requiere el encalado, o el simple blanqueo, de nuestras casas y sepulcros! Esa estructura cónica de ahí, ese volcán artificial, de entrañas crepitantes y llameantes y cráter fuliginoso y parpadeante, han de alimentarlo nuestros rudos campesinos ininterrumpidamente durante veinte días y noches.
Pero el libro y el nombre en el pino, sabríamos más de estas señales, de ser posible. Y así, visitamos a los obreros del horno. Van yodlando mientras trabajan, y bromean y ríen. Los fogoneros, con los ojos inflamados y tumefactos, su tez leonada tornándose de un bronce brillante, su sudor surcándola de oro, atareados con sus puzas y horquillas, son de contemplar con terrible magnificencia. He aquí hombres que destruirían Bastillas por vosotros, si estuviera estipulado en el contrato. Y allí está el monje capataz —el horno pertenece a las propiedades del monasterio— leyendo su breviario mientras se hace la cal. En verdad, estas sodalidades de los Líbano no son lo que sus votos y sus teologías ascéticas harían de ellas. Nada de devotos de mejillas cetrinas y aspecto hambriento, que