El sí mismo extático
Injertar la strenuidad de Europa y América en la facilidad de Oriente, el materialismo de Occidente en la espiritualidad de Oriente; esto nos parece ser el objetivo principal de Khalid. Pero a menudo en sus devaneos y disgresiones de pensamiento nos da una nueva prueba de la perogrullada de que no hay dos elementos opuestos que se encuentren y se fundan sin que ambos pierdan su identidad original. Se puede, por decirlo así, colocar el bocado de la satisfacción en la boca de la ambición, y trotar en vuestra senda estéril entre los vastos campos de trigo que gimen bajo el arado de mil dientes y los jardines del deleite que desmayan de devoción y sensualidad. Pero cruzad la ambición con la satisfacción y obtendréis la mula de la indiferencia o el monstruo del fatalismo. No decimos que la indiferencia en ciertos pasos de la vida, y en ciertas etapas, no sea saludable, y que el fatalismo no sea poderoso; pero ambos creemos que son factores tan potentes en el comercio y los negocios como la pertinacia y el cálculo. «¿Pero acaso no hay lugar en el jardín del deleite para un campo de trigo?», pregunta Khalid. «¿No podemos aplicar el arco a los hilos telegráficos del mundo y hacer de ellos el vehículo tanto de la música como de las cotizaciones bursátiles? ¿No podemos simplificar la vida como estamos simplificando la maquinaria de la industria? ¿No podemos consagrar su Templo a la Trinidad de la Devoción, el Arte y el Trabajo, o de la Religión, el Romance y el Comercio?».
Este parece ser el meollo del evangelio de Khalid. Esto, a través de los laberintos de la duda y la contradicción, es la cúspide de la fe a la que llegaría. Y a menudo en esta penumbra laberíntica, donde un destello de