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nydus/The Book of KhalidPublic
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V. Unión y Progreso

Majestad, la santidad del Califato», clamaban los otros. Y cierto individuo, en el transcurso de su ataque, niega la existencia de Jalid, quien murió, según dijo, hace un año. ¿Y qué importa si un muerto puede conmover a toda una ciudad y soplar en las narices de sus espectros vivientes un aliento de vida?

Anoche hablé en una de las salas de conciertos y les canté las cuarenta a los mahometanos. ¡Los pobres cristianos! Temían al Gobierno en el viejo régimen; ahora se acobardan ante los barqueros. Pues los barqueros de Beirut no han perdido su prestigio ni su poder. Son una especie de comuna y siguen mandando. Sí, siempre van cabalgando sobre el torbellino y dirigiendo la tempestad. ¿Y quién se atreve a decirles una sola palabra? Cada uno de ellos, con su fanfarronería y su jactancia, es un Abdul Hamid. Ay, todo sigue en un estado caótico. El alarido del barquero puede silenciar a la prensa y hacer temblar a los oradores.

Voy a dar una conferencia en el Salón de Actos de uno de los Colegios de aquí sobre la «Revolución Moral». Créame, no pronunciaría una sola palabra ni escribiría una sola línea si no me sintiera impulsado a ello. Y tan pronto como alguien dé el paso para abogar en esta tierra por la libertad espiritual y moral, me iré «muy al fondo a sentarme». Pues, ¿por qué iba entonces a tomarme la molestia? Y los aplausos de la multitud, téngalo en cuenta, no me reportan ni una sola oliva.

Había tomado la decisión de ir a El Cairo, y venía a despedirme de ti y de mamá. Pues no me gusta Beirut, donde uno en invierno tiene que andar con botas altas, y

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