Un hombre prudente, en realidad, preferiría prestar al Estado inmediatamente después de que este hubiera pasado una esponja por sus deudas que en el momento presente; tanto como un bribón opulento, incluso aunque no se le pudiera obligar a pagar, es un deudor preferible a un banquero honrado; pues al primero, para poder continuar con sus negocios, puede convenirle saldar sus deudas cuando estas no son exorbitantes. El segundo no tiene la posibilidad de hacerlo. El razonamiento de Tácito (Hist. lib. 3), al ser eternamente verdadero, es muy aplicable a nuestro caso actual: “Sed vulgus ad magnitudinem beneficiorum aderat: Stultissimus quisque pecuniis mercabatur: Apud sapientes cassa habebantur, quæ neque dari neque accipi, salva republica, poterant.” El Estado es un deudor a quien nadie puede obligar a pagar. El único freno que los acreedores tienen sobre él es el interés de preservar el crédito; un interés que puede verse fácilmente desequilibrado por una deuda muy grande y por una urgencia difícil y extraordinaria, aun suponiendo que el crédito fuera irrecuperable. Por no mencionar que una necesidad presente obliga a menudo a los Estados a tomar medidas que son, estrictamente hablando, contrarias a su propio interés.
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