juventud había entrado en ese camino, pero no se había estancado en él; antes bien, había sentido remordimiento y repulsión hacia él, viviendo desde entonces hasta ahora con la mayor continencia. Mas yo le oponía los ejemplos de aquellos que, como hombres casados, habían cultivado la sabiduría, y servido a Dios agradablemente, y conservado a sus amigos, amándolos fielmente. De cuya grandeza de espíritu yo estaba muy lejos; y atado por la enfermedad de la carne y su dulzura mortal, arrastraba mi cadena, temiendo ser desatado, y como si mi herida fuera rozada, rechazaba sus buenas exhortaciones, cual si fueran la mano de alguien que quisiera desherrumbrarme. Además, por medio de mí le hablaba la serpiente al propio Alipio, tejiendo y poniendo en su camino con mi lengua seductores lazos, en los cuales sus pies virtuosos y libres pudieran quedar enredados.
Porque cuando él se extrañaba de que yo, a quien no estimaba poco, estuviera tan atrapado en la liga de aquel placer, hasta el punto de asegurar (siempre que lo discutíamos) que nunca podría llevar una vida solitaria; y yo urgía en mi defensa, al ver su asombro, que había una gran diferencia entre su conocimiento pasajero y apenas recordado de esa vida, el cual así podía despreciar fácilmente, y mi trato continuado con ella, a lo cual, si se añadía el honorable nombre del matrimonio, no debía extrañarse de por qué yo no podía desdeñar tal rumbo; él comenzó también a desear casarse; no vencido por el deseo de tal placer, sino por curiosidad.
Pues deseaba saber, según decía, qué pudiera ser aquello sin lo cual mi vida, para él tan agradable, me parecería no vida, sino castigo. Porque su mente, libre de esa cadena, estaba asombrada de mi esclavitud; y a través de ese asombro avanzaba hacia el deseo de probarla, de ahí a la prueba misma, y de ahí tal vez a hundirse en esa servidumbre de la que se maravillaba, ya que estaba dispuesto a hacer un pacto con la muerte; y el que ama el peligro, en él caerá.