Porque, he aquí que antes olvidaría gustosamente los devaneos de Eneas y todo lo demás, que el leer y escribir. ¡Mas sobre la entrada de la escuela de gramática hay un velo tendido! Es cierto; mas esto no es tanto emblema de algo recóndito, cuanto velo del error.
No me vituperen aquellos a quienes ya no temo, mientras le confieso a Ti, Dios mío, todo cuanto mi alma quiera, y consiento en la condena de mis malos caminos para poder amar tus buenos caminos.
No me vituperen tampoco los compradores y vendedores de disciplinas gramaticales. Pues si les pregunto si es verdad que Eneas llegó un día a Cartago, tal como cuenta el poeta, los menos instruidos responderán que no lo saben, y los más instruidos, que nunca llegó. Pero si les pregunto con qué letras se escribe el nombre «Eneas», cualquiera que lo haya aprendido me responderá rectamente, ateniéndose a los signos que los hombres han convenido por costumbre.
Si, de nuevo, preguntara cuál de las dos cosas podría olvidarse con menor detrimento para los asuntos de la vida, ¿la lectura y la escritura o estas ficciones poéticas?, ¿quién no prevé lo que todos deben responder, aquellos que no se han olvidado por completo de sí mismos?
Pequé, pues, cuando de niño prefería aquellos estudios vanos a los más provechosos, o más bien amaba los unos y aborrecía los otros.
«Uno y uno, dos»; «dos y dos, cuatro»; esto era para mí un estribillo aborrecible: «el caballo de madera guarnecido de hombres armados», y «el incendio de Troya», y «la sombra y triste simulacro de Creúsa», eran el selecto espectáculo de mi vanidad.
¿Por qué entonces aborrecía los clásicos griegos, que tienen fábulas semejantes? Pues Homero también tejió curiosamente ficciones parecidas, y es dulcemente vano, mas me resultaba amargo a mi gusto infantil. Y así supongo que sería Virgilio para los niños griegos, cuando se les obligaba a aprenderlo como a mí a Homero.