¡Cuales fueron los dolores de mi corazón fecundo, qué gemidos, Dios mío! mas aun allí estabas atento con tus oídos, y yo no lo sabía; y cuando en silencio busqué vehementemente, aquellas contriciones silenciosas de mi alma fueron fuertes clamores a Tu misericordia. Tú sabías lo que sufrí, y ningún hombre. Pues, ¿qué era aquello que de allí por medio de mi lengua se destilaba en los oídos de mis más familiares amigos? ¿Llegó acaso a ellos todo el tumulto de mi alma, para el cual ni el tiempo ni la palabra bastaban? No obstante, subía todo a Tus oídos, todo lo que rugía desde los gemidos de mi corazón; y mi deseo estaba delante de Ti, y la luz de mis ojos no estaba conmigo: pues aquella estaba dentro, yo fuera; ni aquello estaba confinado a un lugar, mas yo estaba atento a las cosas contenidas en lugar, y allí no hallaba lugar de descanso, ni me recibían de tal modo que pudiese decir: "Basta", "está bien": ni tampoco me permitían volver atrás, donde me pudiese
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Libro VII
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