El dolor se consume por las cosas perdidas, el deleite de sus deseos; porque no querría que nada le fuera arrebatado, como nada puede serlo de Ti.
Así fornica el alma cuando se aparta de Ti, buscando fuera de Ti lo que no halla puro ni incontaminado hasta que vuelve a Ti.
Así Te imitan pervertidamente todos los que se alejan de Ti y se levantan contra Ti. Mas aun imitándote de este modo, dan a entender que eres el Creador de toda naturaleza, de donde no hay lugar adonde retirarse del todo de Ti.
¿Qué amé, pues, en aquel robo? ¿Y en qué imité yo a mi Señor, siquiera fuere depravada y pervertidamente? ¿Acaso el deseo de quebrantar Tu ley a hurtadillas, ya que no podía hacerlo con poder, imitando así el preso —a fuerza de impunidad en lo prohibido— una libertad fingida y mutilada, semejanza tenebrosa de Tu Omnipotencia?
He aquí tu siervo, huyendo de su Señor y alcanzando una sombra. ¡Oh podredumbre, oh monstruosidad de la vida y profundidad de la muerte! ¿Podía gustarme lo ilícito solo porque era ilícito?
¿Qué retribuiré yo al Señor, para que, mientras mi memoria recuerda estas cosas, mi alma no se aterre ante ellas? Te amaré, oh Señor, y te daré gracias, y confesaré tu nombre; porque me has perdonado estas tan grandes y nefandas acciones mías. A tu gracia lo atribuyo, y a tu misericordia, por haber deshecho mis pecados como si fueran hielo. A tu gracia atribuyo también cualquier mal que no haya cometido; pues, ¿qué no habría podido hacer yo, que amaba el pecado incluso por sí mismo? Sí, confieso que todo me ha sido perdonado; tanto los males que cometí por mi propia voluntad, como los que por tu guía no cometí.