tocarlo, ni a apoderarme de él; dudando en morir a la muerte y en vivir a la vida: y lo peor a lo que estaba habitado pudo más en mí que lo mejor a lo que no estaba acostumbrado; y el mismo momento en el que iba a dejar de ser lo que era, cuanto más se me acercaba, mayor horror me infundía; mas no me repelía ni me apartaba, sino que me mantenía en suspenso.
Los juguetes mismos de los juguetes, y vanidades de las vanidades, mis antiguas dueñas, aún me retenían; tiraban de mi vestidura de carne y susurraban suavemente: «¿Nos desunes? ¿Y desde ese momento no estaremos más contigo para siempre? ¿Y desde ese momento no te será lícito esto o aquello para siempre?».
Y ¿qué fue lo que sugirieron con eso de que yo dijera «esto o aquello», qué sugirieron, Dios mío? Que tu misericordia lo aleje del alma de tu siervo. ¡Qué vilezas sugirieron! ¡Qué vergüenza!
Y ahora yo las oía mucho menos que a medias, y no mostrándose abiertamente y contradiciéndome, sino murmurando como a mis espaldas, y tirando de mí a escondidas cuando ya me iba, para que volviera la mirada hacia ellas. Con todo, me retrasaban, de modo que dudaba en desgarrarme y sacudirme de ellas, y saltar hacia donde era llamado; mientras un hábito violento me decía: «¿Acaso piensas que podrás vivir sin ellas?».
Mas ahora hablaba muy débilmente. Pues hacia aquel lado adonde había vuelto mi rostro, y hacia donde temblaba de ir, se me apareció la casta dignidad de la Continencia, serena, mas no disolutamente alegre, atrayéndome honestamente a que viniera y no dudara; y extendiendo sus santas manos para recibirme y abrazarme, llenas de multitud de buenos ejemplos: había allí tantos jóvenes y doncellas, una multitud de juventud y de toda edad, viudas graves y vírgenes ancianas; y la misma Continencia en todos ellos, no estéril, sino fecunda madre de hijos de gozo, por Ti, su Esposo, Señor.