especias; ni deseó un monumento selecto, ni ser sepultada en su propia patria. Estas cosas no nos las impuso como mandato; sino que deseó únicamente que su nombre fuese recordado en tu altar, al cual había servido sin interrumpirlo ni un solo día: de donde sabía que se dispensaba el santo Sacrificio, por el cual es borrada la hoja de los cargos que había contra nosotros; por el cual fue vencido el enemigo, quien, haciendo la suma de nuestras ofensas y buscando qué imputarnos, no halló nada en Aquel en quien nosotros vencemos. ¿Quién le devolverá la sangre inocente? ¿Quién le pagará el precio con que nos compró, y así nos arrebatará de Él? Al sacramento del cual, nuestro rescate, ligó su alma tu sierva con el vínculo de la fe. Nadie la aparte de tu protección: ni el león ni el dragón se interpongan por la fuerza o por el fraude. Pues ella no responderá que nada debe, no sea que el astuto acusador la condene y la aprehenda: sino que responderá que sus pecados le han sido perdonados por Aquel a quien nadie puede pagar el precio que Él, que nada debía, pagó por nosotros.
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Libro IX
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