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nydus/The Confessions of St. AugustinePublic
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Libro XI

presente, mido, y no las cosas que pasan para producir esta impresión. Esto es lo que mido cuando mido los tiempos. O esto es el tiempo, o yo no mido los tiempos. ¿Qué ocurre cuando medimos el silencio y decimos que este silencio ha durado tanto tiempo como aquella voz? ¿Acaso no extendemos nuestro pensamiento hasta la medida de una voz, como si sonara, para poder así dar cuenta de los intervalos de silencio en un espacio de tiempo dado? Pues aunque tanto la voz como la lengua callen, en el pensamiento recorremos poemas, versos y cualquier otro discurso, o dimensiones de movimientos, y damos cuenta de los espacios de tiempo, de cuánto es este respecto de aquel, ni más ni menos que si los pronunciáramos con la voz. Si alguien quisiera emitir un sonido prolongado y hubiera decidido en su pensamiento cuánto habrá de durar, ya ha recorrido en silencio un espacio de tiempo y, confiándolo a la memoria, comienza a emitir ese discurso, que sigue sonando hasta llegar al fin propuesto. Sí, ha sonado y sonará; pues cuanto de él se ha acabado ya ha sonado, y el resto sonará. Y así avanza, hasta que la intención presente transfiere el futuro al pasado; el pasado crece a medida que disminuye el futuro, hasta que, por el consumo del futuro, todo se vuelve pasado.

¿Pero cómo se disminuye o consume aquel futuro que aún no es? ¿O cómo se incrementa aquel pasado que ya no es, a no ser porque en la mente que esto efectúa se realizan tres cosas? Pues espera, atiende y recuerda; de modo que aquello que espera, a través de aquello a lo que atiende, pasa a aquello que recuerda. ¿Quién niega, por tanto, que las cosas venideras aún no son? Y, sin embargo, hay en la mente una expectación de las cosas venideras.

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