Mi corazón, oh Señor, conmovido por las palabras de Tu Sagrada Escritura, se halla muy atareado en medio de esta pobreza de mi vida. Y por eso, las más veces, la pobreza del entendimiento humano es copiosa en palabras, porque el indagar tiene más que decir que el descubrir, y el demandar es más largo que el obtener, y nuestra mano que llama tiene más labor que hacer que nuestra mano que recibe.
Tenemos la promesa, ¿quién la invalidará? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
- Pedid, y se os dará;
- buscad, y hallaréis;
- llamad, y se os abrirá.
Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. Estas son Tus propias promesas: ¿y quién ha de temer ser engañado, cuando la Verdad promete?
La bajeza de mi lengua confiesa ante Tu Alteza que Tú hiciste el cielo y la tierra; este cielo que veo y esta tierra que piso; ¿de dónde es esta tierra que llevo conmigo?; Tú la hiciste. Mas ¿dónde está aquel cielo de los cielos, Señor, del cual oímos hablar en las palabras del Salmo: «El cielo de los cielos es del Señor; mas la tierra la ha dado a los hijos de los hombres»? ¿Dónde está aquel cielo que no vemos, respecto al cual todo esto que vemos es tierra? Pues este todo corpóreo, no estando por completo en todas partes, ha recibido de tal modo su porción de belleza en estas partes inferiores, de las cuales la más baja es esta nuestra tierra; mas para aquel