Por cuanto en Cartago reina entre los estudiantes una licencia de lo más vergonzosa e indisciplinada. Irrumpen con audacia y, con gestos casi frenéticos, perturban todo orden que alguien haya establecido para el bien de sus discípulos.
Cometen diversas tropelías con una estupidez admirable, punibles por la ley, si la costumbre no los amparara; costumbre que demuestra que son tanto más desgraciados cuanto que hacen ahora como lícito lo que por Tu ley eterna nunca será lícito; y creen que lo hacen impunemente, cuando son castigados con la misma ceguera con la que lo hacen, y sufren incomparablemente peor de lo que hacen.
Las maneras entonces que, siendo estudiante, no quise hacer mías, me vi obligado como maestro a tolerarlas en los demás: y así me agradó mucho ir a donde todos los que lo sabían me aseguraban que nada semejante se hacía.
Mas Tú, refugio mío y mi porción en la tierra de los vivientes; para que yo cambiase mi morada terrena por la salvación de mi alma, en Cartago me aguijoneaste para que de ella fuese arrancado; y en Roma me propusiste halagos para que fuese atraído allá por hombres enamorados de una vida moribunda, haciendo los unos cosas frenéticas y prometiendo los otros vanidades; y, para corregir mis pasos, te serviste en secreto de la perversidad de ellos y de la mía propia.
Pues tanto los que turbaban mi sosiego estaban cegados por un frenesí vergonzoso, como los que me invitaban a otra parte sabían a tierra. Y yo, que aquí detestaba la miseria verdadera, buscaba allá la felicidad fingida.